Artículo

  • Un plan para la Seguridad Social

Resumen

Abstract

 'Una época revolucionaria en la historia, del mundo es propicia para una obra revolucionaria también, no  para remiendos '. Sir William Beveridge.

La Seguridad Social importa toda una evolución histórica, y social. Ella aparece sólo al final de un largo ciclo evolutivo que comienza en la «asistencia social» y termina en el segura social ampliado y unificado. Y si queremos comprender en toda su amplitud lo que la Seguridad Social significa, es necesario conocer, sumariamente aunque sea, esta evolución áspera y dolorosa muchas veces, pero que anuncia el clarear de un mun­do nuevo.

Entendemos por Seguridad Social «la prevención de los riesgos que afectan al trabajador; el restablecimiento de su capacidad productora una vez ocurridos y la facilitación de los medios de subsistir durante el período de incapacidad». (Declaración Fundamental de la, Conferencia Interamericana de Seguridad Social, celebrada en Santiago en Septiembre de 1942).

Su primera etapa es la Asistencia Social, que era la ayuda al pobre, al desvalido, al enfermo. Durante Carlomagno, ella correspondía a la parroquia. En el Siglo XVI, las Leyes de India incorporan al concepto, elementos previsionales que aun hoy asombran por el criterio avanzado que evidencian en sus autores. Por la misma poca, Juan Luis Vives en su «De subventione pauperis» sugiere que, mediante las contribuciones de los ricos, se establezca un sistema obligatorio de socorros con arreglo a ciertas normas. Desaparecería así la mendicidad y todos los que fueran capaces de trabajar serían obligados a ello. Las ideas contenidas en las Leyes de India y en la obra de Vives exceden ya el campo de la simple limosna en que hasta entonces se había movido la asistencia social. En el Siglo XIX, ella se ejerce por el Estado con ayuda de los particulares; pero las nuevas condiciones económicas hicieron que la concepción tradicional se enriqueciera con otro elemento: la atención a determinados riesgos, que aparece en los seguros sociales de las leyes de Bismark y de las de Dinamarca de fines del siglo.

El seguro social es, la segunda etapa hacia la seguridad social. Pretende él triple finalidad:

1) Organizar la prevención de los riesgos; 2) Restablecer la capacidad de trabajo perdida o reducida; y 3) Procurar los medios para subsistir decorosa­mente en caso de cesación temporal o perpetua de la capacidad de trabajo.

Mas, hasta ahora, se refiere sólo a determinados tipos de la población, los empleados y obreros, dejando al margen de todos sus beneficios a una gran parte de ella, y no forma una unidad orgánica de interna conexión.

La Seguridad Social, concebida de la manera vista, atrae toda y la población al ámbito de sus beneficios y hace de los seguros un todo organizado.

La proyección de idea tan ambiciosa hace necesaria su planificación. Es uno de estos planes en sus puntos fundamen­tales el que ahora analizaremos: el Plan Beveridge.

El 10 de Junio de 1941 se anunció en la Camera de los Co­munes el nombramiento de una Comisión para estudiar un plan de Seguridad Social para la postguerra, designándose a Sir William Beveridge, Miembro de la Facultad de Economía del. Instituto Económico de Londres, como presidente de ella.

El Plan Beveridge contempla una triple finalidad:

1) Asignaciones familiares para niños hasta una cierta edad (15 o 16 años; según el Plan); 2) Servicios amplios de salubridad y de rehabilitación para el trabajo al alcance de toda la población; y 3) Mantenimiento de la ocupación, es decir, evitar el paro forzoso.

Es esta triple finalidad lo que el Plan conoce bajo el nom­bre de Presunciones.

Y para alcanzarlas se asienta en tres «Principios directivos»

1) Se necesitan realizaciones totales, no remiendos. No significa esto desdeñar la experiencia acumulada; 2) La seguridad social debe ser tratada como una parte solamente de una amplia política de progreso social, ya que ella combate sólo la necesidad, que es uno de los cinco obstáculos de la reconstrucción; los otros son la enfermedad, la ignoran­cia, la miseria y la ociosidad; y 3) La seguridad social debe ser alcanzada por la coope­ración entre el Estado y el individuo.

Tales son las ideas medulares que informan el Plan Beve­ridge y que dirigen toda su acción. Veamos ahora de qué ma­nera pónelas en práctica.

La atención y el cuidado de los niños hasta una cierta edad es la primera de las tres presunciones o ideas básicas. Para esto se establecen las «asignaciones familiares para niños». Estas asignaciones especiales permiten encontrar una ecuación de equilibrio entre dos principios antagónicos: el que desea se regulen los salarios de conformidad con lo que el trabajador produzca (principio este de la economía liberal) y aquél que pide el salario cubra las necesidades del hogar (principio de la economía social).

Este antagonismo no lo resuelven las asignaciones familiares, pues o elevan el costo de la producción mas allá de lo razonable o envilecen el salario base del que no tiene cargas de familia. En tanto, las asignaciones para niños superan la dificultad armoniosamente, porque, pagándose con el Tesoro del Estado, el empleador puede ajustar el salario dentro de tipos uniformes que correspondan al precio de los productos en el mercado.

Se pagan sólo a partir del segundo hijo y cada una de ellas es uniforme, pues el salario normal es el que permite la sub­sistencia de un matrimonio con un hijo. Con esto se da tran­quilidad económica al hogar y se disminuye el alarmante des­censo de la natalidad.

Respecto del segundo punto fundamental, Sir William comienza por asignar a la asistencia médica una doble fina­lidad 1) Conservación de la salud y prevención, curación o alivio de las enfermedades; y 2) Poner al alcance de todos los que los requieran los servicios médicos necesarios.

Pero todo esto no colma la dificultad cuando el que enfer­ma es el sostén de la familia o Lino de ellos: es preciso asegurar a ésta una pensión adecuada. De aquí quo el Plan proponga quo el Estado tome a su cargo íntegramente el seguro básico y deje a las Sociedades de Socorros Mutuos, tan florecientes en Inglaterra, el cuidado de suplementarlo.

Dentro de este mismo campo se hallan los accidentes, las enfermedades profesionales y la invalidez. En todos estos casos, a mas de la atención medica es preciso considerar el monto y la importancia de las pensiones, que el Plan propone sean uniformes (punto en quo se aparta por completo de las realizaciones actuales): como se trata de dar los medios de vida indispensables, no hay razón alguna para aplicar criterios dis­tintos, excepto cuando se trata de accidentes del trabajo en industries de riesgos mayores que los comunes, caso en el cual se preveen asignaciones especiales en condiciones determina­das, por medio de una sobreprima abonada por el patrón.

Hay además subsidios apropiados para los casos en quo se produzcan gastos especiales quo surgen con motivo de un nacimiento, un casamiento o de un fallecimiento».

Por fin, eliminar el paro forzoso es el tercer propósito del Plan, suministrando ocupación a los que no la tienen. Natu­ralmente, había que pagar renta a los sin trabajo; pero con la condición ineludible de asegurar un trabajo útil a todos los que están en condiciones de desempeñarlo. Se provee también una reeducación o adiestramiento para otro oficio.

Vimos ya quo el Plan Beveridge procura fundamental­mente atraer toda la población a su ámbito. Para esto, esta­blece seis clases, donde se ubica toda ella, sujetando cada cual a una serie de previsiones, algunas de las cuales hemos visto ya. Uno de los aspectos nuevos de esta división clasista de la población es que considera a las dueñas de casa como una clase social (la III en el Plan) y sujeta a las previsiones quo le son propias.

Este Plan cuesta caro. Toda la población se halla sujeta a su sistema de seguros mediante la división en seis clases, las que reciben los beneficios que sus condiciones requieren.

Se financia mediante un sistema tripartito de contribuciones. En primer lugar, las de los empleados de la I clase, o sea, persona cuya ocupación normal es el empleo por con‑, trato de trabajo», y las de los asegurados directos de las clases II ( otros que tienen ocupaciones lucrativas, incluyendo los empleadores, comerciantes y trabajadores independientes») y IV, esto es, «de los que están en edad de trabajar, pero que no tienen ocupaciones lucrativas». La III clase no cotiza, pero sus seguros están cubiertos por el excedente de las cuotas a cargo de los hombres—casados o no—con respecto a las muje­res que trabajan.

Vienen en segundo lugar las contribuciones de los emplea­dores de la I clase y aquellas cotizaciones ya conocidas de los patrones de industrias de riesgo anormal.

Por fin, están las contribuciones del Estado; muy altas, pues, según cálculos de Sir William llegarán a 351 millones de £ en 1945 y a 519 en 1965.

He procurado captar así algunos de los rasgos fundamen­tales de este Plan de Seguridad Social, que, desbordando las fronteras de una sola nación, procura construir aquel mundo «libre de miseria, libre de temor» de que nos habla la Carta del Atlántico, ya que, como lo dice el mismo Plan, «el objeto de un gobierno en la paz y en la guerra no es la gloria de gober­nantes o de razas, sino la felicidad del ser humano en general».